La sociedad actual es crecientemente urbana.
A fines del Siglo XIX solo el 10% de la población mundial vivía en ciudades. A finales del Siglo XX la proporción superaba el 50%.
La urbanización creciente, y los complejos cambios que conmueven a las sociedades actualmente, tienen profundos efectos en la construcción de los territorios.
Efectos que no impactan por igual en todas las sociedades ni provocan las mismas ventajas o riesgos.
Algunas sociedades se muestran extremadamente vulnerables.
Si nuestra mirada es más cercana veremos que del prometido avance de la modernidad en el presente nos retrae a cruentos conflictos raciales, religiosos, étnicos.
Los avances tecnológicos y científicos no significaron una sociedad mejor, más justa, ni el crecimiento del hombre, ni lo tornaron más libre. Por el contrario la violencia y el temor, la inseguridad, se muestran como componentes crecientes de la vida urbana.
Queriendo explicarnos este mundo, alejamos mucho nuestra mirada. Tanto como para poder explicarlo adjetivando lo que vemos.
Vemos las ciudades globales, la “aldea global”, los flujos de información, de capitales y de poder, la creciente acumulación de riqueza.
Sassen, Castells, Borja y otros intentan describirnos, desde una óptica lejana, la ciudad. Se complacen en la mirada planetaria, pero nada de eso nos explica la realidad.
El pensamiento urbanístico corriente péndula entre un conformismo radical de Koolhaas y la adjetivación empresarial.
Las ciudades “compiten” tienen que determinar sus “ventajas comparativas”, deben ser “gerenciadas”. Tienen “arquitectura de marca” o gastan fortunas para tenerla, son “ganadoras” o “perdedoras”.
No es esa la ciudad ni el territorio real. Lo sentimos, lo sabemos.

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